jueves, 4 de agosto de 2016

Crítica al sistema universitario español. Parte 2.

    {1ª parte aquí}

    Otro hecho del sistema educativo que es potenciado aún más por el método de evaluación del que hablamos en la parte anterior, es que la educación se transforma en un proceso impersonal, industrializado, como si el objetivo no fuese formar a personas, sino producir máquinas en serie, cada una idéntica a la anterior.
    En mi humilde opinión, creo que la educación debería ser todo lo contrario. Cada sujeto es único y se debería fomentar el desarrollo de esa individualidad y de las cualidades que cada uno posee. Los alumnos no somos un rebaño. No somos robots iguales entre sí. No somos un mero número de expediente. Somos humanos. Tenemos vida, tenemos sentimientos. Y sin embargo, algo tan obvio parece que a veces se le escapa a las instituciones.
    Frecuentemente, los profesores, responsables de prepararnos y proporcionarnos los conocimientos suficientes para superar las asignaturas y para nuestro futuro laboral, resultan inútiles. No se preocupan por enseñar de tal forma que entendamos la información que nos tienen que transmitir. Muchos ni siquiera ponen interés en sus clases, ¿cómo esperan que pongamos nosotros interés en la asignatura?
   La labor docente debería ir enfocada a los alumnos, que son los que tienen que aprender, pero no suele ser así. A menudo, el profesor imparte su materia de cualquier manera y le da igual lo que pase con sus alumnos, porque al fin y al cabo, va a cobrar lo mismo de una forma o de otra y lo único que le importa es su salario. En la UPM, muchos tienen como labor principal la investigación. Sin embargo, la universidad les obliga a dar clase para poder hacerlo, lo que tiene como consecuencia lo ya mencionado.
    Si tenemos en cuenta la finalidad de la educación, enseguida nos percataremos de que este método es un desastre. Creo que un profesor que no se esfuerza en hacer llegar sus conocimientos a los alumnos, o que no tiene ganas de dar clase, no debería hacerlo, ya que solo consigue perjudicar a los que queremos aprender.
    He tenido asignaturas en las que ir a clase no servía absolutamente de nada. Algunas, porque el profesor se dedicaba a leer una presentación y repetir las mismas palabras que había escritas. Otras, porque podía ir todos los días y no perderme ni una sola sesión, pero en el examen, todo lo aprendido en el aula no era suficiente para aprobar (por supuesto, contando las horas de estudio y trabajo por mi parte para ese examen), haciendo casi imprescindible pagar por ir a academias externas a la universidad donde me preparasen mejor. Además, se debe aprender a ser autodidacta, lo cual es bueno hasta cierto punto, pues promueve el desarrollo de la iniciativa, entre otras cualidades. No obstante, ser autodidacta a menudo no es suficiente, y pagar por ir a una clase que no sirve de nada es completamente inaceptable.
    Afortunadamente, no todo el personal docente es como he descrito. Existen profesores excelentes que hacen que consigas despertar verdadero interés por la materia, que se esfuerzan por hacer las sesiones amenas y por transferir lo que saben lo mejor posible. Ellos verdaderamente se preocupan por los alumnos, aunque por desgracia, personas así se cuentan con los dedos de una mano. Esto provoca que a menudo nos encontremos con aulas casi vacías porque los universitarios "migran" a aquellas en las que el profesor merece realmente la pena. Puede haber (y los hay) catedráticos que tengan 5 o 6 títulos diferentes, que sean impresionantes en su área, pero si no saben transmitir ese conocimiento, todo eso es irrelevante.

{Continuará}

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