domingo, 17 de enero de 2016

Sueño 20: Entre fantasmas

    

    Fecha del sueño: 10/01/2016.
    A modo de curiosidad: Jazmina, Yasmina y Yasmin son variantes del mismo nombre. Es de origen árabe y significa "bella como la flor del jazmín".

Vivía solo en una casa muy grande. Bueno, al menos en teoría. Era tan grande que nunca llegué a recorrerla entera. Por la historia de aquel lugar, puedo decir que era bastante antiguo, si bien tenía un aspecto moderno; seguramente lo habrían reformado. Tanto las paredes, como el suelo, como las puertas eran blancos (incluso las sábanas de mi cama). Lo único que no era blanco de esa casa eran los muebles y la puerta principal, de color madera.
Aunque vivía yo solo, no era el único ente que se encontraba allí. Había espíritus de otras personas que habían habitado el lugar antaño y habían fallecido. De vez en cuando se aparecían. Casi siempre iban a lo suyo y no me hacían mucho caso: se paseaban, hablaban entre ellos... hasta había una chica que limpiaba la casa, lo cual me ahorraba un trabajo considerable. Aún así, yo cada vez que los veía los saludaba educadamente, a pesar de que me solían ignorar.
Cerca de la entrada había una habitación a la que nunca podía entrar, ya que cuando pasaba por ahí estaba el espíritu de un hombre de unos 30 años vigilando en la puerta y manteniéndola cerrada. No tenía ni idea de lo que ocurría ahí dentro, aunque a juzgar por los sonidos, me lo podía imaginar.
De manera que yo hacía mi vida y convivía pacíficamente con los demás. No me entrometía en sus asuntos y ellos no me molestaban.
Un día salí de fiesta y al volver, lo hice con unos amigos. Al entrar en casa, saludé al antiguo anfitrión del lugar como de costumbre, el cual siempre recibía a la gente de fuera. Curiosamente, era el único hombre que conocía de allí, ya que era un difunto familiar mío.
Mis amigos y yo nos sentamos en el sofá y comenzamos a hablar. Uno de ellos se quedó mirando al anfitrión e hizo un comentario.
-¿Es que los puedes ver?- le pregunté, convencido de que yo era el único que podía ver los espíritus. Al parecer, él también podía.
-Claro que los veo- me respondió, aunque estaba asombrado-. Pero si tú dejas de pensar en ellos, desaparecen.
Aquello me sorprendió, pero más tarde pude comprobar que era cierto.
Una mañana, la chica que limpiaba la casa estaba en la ventana de mi habitación haciendo su trabajo. La vi de cerca por primera vez. Tendría más o menos mi edad, el pelo oscuro y liso recogido en una coleta, los ojos marrón oscuro y unas largas pestañas. Era muy guapa y yo no pude resistirme a ligar con ella. Le pregunté su nombre. “Jazmina”, me contestó (un nombre extraño, pero bueno). “Jazmina, eres una chica muy guapa”, traté de seducirla. Acto seguido le di un beso en la mejilla. Por lo visto a ella le gustó, porque después se acercó a mí y nos besamos.
Me desperté en mitad de la noche. No podía dormir, así que pensé que dormiría mejor acompañado. Recordé entonces lo que me dijo mi amigo, que los espíritus solo aparecían cuando pensaba en ellos. Así que lo hice. Comencé a llamarla en un susurro: “Jazmina...” y funcionó. Enseguida vino hacia mí.

Lo último que recuerdo fue, al despertarme por la mañana, pasar por delante de unas escaleras que ascendían a un piso superior. Nunca las subía, porque en los escalones había tres niñas con vestiditos de colores y con las caras pintadas de una manera que no inspiraban ninguna confianza, y más sabiendo que no estaban vivas. Ellas siempre me decían, con unas voces siniestras, que subiese, pero yo nunca lo hacía. Me daba miedo.

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